los “no lugares” / espacios de anonimato

una antropología de la sobremodernidad/ marc augé/ 1992, prólogo

Antes de buscar su auto, Juan Pérez decidió retirar un poco de dinero del cajero automático. El aparato aceptó su tarjeta y lo autorizó a retirar mil ochocientos francos. Juan Pérez apretó el botón 1800. El aparato le pidió un minuto de paciencia, luego le entregó la suma convenida y le recordó no olvidarse la tarjeta. “Gracias por su visita”, concluyó, mientras Juan Pérez ordenaba los billetes en su cartera.

El trayecto fue fácil: el viaje a París por la autopista A11 no presenta problemas un domingo por la mañana. No tuvo que esperar en la entrada, pagó con su tarjeta de crédito el peaje de Dourdan, rodeó París por el periférico y llegó al aeropuerto de Roissy por la A1.

Estacionó en el segundo subsuelo (sección J), deslizó su tarjeta de estacionamiento en la billetera, luego se apresuró para ir a registrarse a las ventanillas de Air France. Con alivio, se sacó de encima la valija (veinte kilos exactos) y entregó su boleto a la azafata al tiempo que le pidió un asiento para fumadores del lado del pasillo. Sonriente y silenciosa, ella asintió con la cabeza, después de haber verificado en el ordenador, luego le devolvió el boleto y la tarjeta de embarque. “Embarque por la puerta B a las 18 horas”, precisó.

El hombre se presentó con anticipación al control policial para hacer algunas compras en el dutyfree. Compró una botella de cognac (un recuerdo de Francia para sus clientes asiáticos) y una caja de cigarros (para consumo personal). Guardó con cuidado la factura junto con la tarjeta de crédito.

Durante un momento recorrió con la mirada los escaparates lujosos —joyas, ropas, perfumes—, se detuvo en la librería, hojeó algunas revistas antes de elegir un libro fácil —viajes, aventuras, espionaje— y luego continuó su paseo sin ninguna impaciencia.

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inicio (de las ciudades)

leonard cottrell/ mesopotamia / 1967 ed mortiz, méxico

 

Los cimientos de la civilización fueron determinados entre ocho y diez mil años antes del nacimiento de Je­sucristo. Por lo menos la mitad de la Tierra de los Dos Ríos (Mesopotamia) no existía, y el hombre nunca había construido una ciudad, ni siquiera, por cierto, algo que pudiera denominarse una aldea. Nunca permaneció en un solo lugar el tiempo suficiente para que valiera la pena hacer algo más que un tosco refugio de ramas; si había una caverna a la mano, la usaba. Necesitaba todas sus energías para recolectar suficiente alimento para perma­necer vivo.


El tiempo que este hombre prehistórico podía distraer de la caza y de la pesca lo dedicaba a fabricar armas de piedra para aprovechar la mayor parte de las oportu­nidades cinegéticas que se le presentarían al día si­guiente. Por supuesto, podía hablar, pero parece poco probable que su conversación o su vocabulario se ocu­paran en algo más que elaborar planes para su cacería del día siguiente.

 

Grupos de estos hombres habían estado vagando en partidas cazadoras nómadas que cruzaban Europa y el oeste de Asia desde que se fundieron las grandes capas polares del norte, cuando las estepas de Europa se con­virtieron en bosques de clima templado y cuando -en la cadena de los cambios climáticos- las praderas de lo que ahora llamamos el Medio Oriente, juntamente con la región situada al sur del Mediterráneo, se habían convertido en desiertos con oasis ocasionales.

 

En los desiertos quizá los nómadas tendían a detener­se en algún lugar un poco más de lo que lo hacían sus compañeros cazadores en los bosques. Cuando no se sabe dónde puede estar el próximo oasis se piensa dos veces antes de abandonar aquel que se ha encontrado ya. El tiempo que estos hombres se detenían podría ser lo suficientemente grande como para esperar a que cre­cieran las hierbas que contenía un pedazo de tierra -lo cual sucede con increíble rapidez, nos parece, cuan­do están expuestas al calor del sol-; hasta entonces había bastantes de estas plantas comestibles y bastaba con hacer un atado con algunas de ellas y partir lle­vándolas al hombro. Esto probablemente explica por qué fue en esta parte del mundo -la región medite­rránea, incluyendo la región que está situada al oriente y al sur de ella- donde los hombres descubrieron que podían plantar semillas para producir una cosecha; es decir, de hecho descubrieron la agricultura.

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valéry

«En un tiempo muy distinto del nuestro, y por hombres cuyo poder de acción sobre las cosas era insignificante comparado con el que nosotros poseemos, fueron instituidas nuestras Bellas Artes y fijados sus tipos y usos. Pero el acrecentamiento sorprendente de nuestros medios, la flexibilidad y la precisión que éstos alcanzan, las ideas y costumbres que introducen, nos aseguran respecto de cambios próximos y profundos en la antigua industria de lo Bello. En todas las artes hay una parte física que no puede ser tratada como antaño, que no puede sustraerse a la acometividad del conocimiento y la fuerza modernos. Ni la materia, ni el espacio, ni el tiempo son, desde hace veinte años, lo que han venido siendo desde siempre. Es preciso contar con que novedades tan grandes transformen toda la técnica de las artes y operen por tanto sobre la inventiva, llegando quizás hasta a modificar de una manera maravillosa la noción misma del arte.»

PAUL VALÉRY, Pièces sur l’art ( «La conquête de l’ubiquité»).

richard long/ england. 1968
“… hacer una señal en el espacio es fijar un orden y supone una forma de entender el universo; en el momento que hace una señal, Long establece un orden diferente al que existía y el hombre se reafirma como persona dentro de ese espacio…El hombre necesita poder hacer eso: la señal que hace determinado lo indeterminado y fija el lugar; la señal que en alguna medida dá libertad porque, a partir de ella, tenemos una referencia…”
manuel gallego. nuevos modos de habitar 1995

richard long/ england. 1968

“… hacer una señal en el espacio es fijar un orden y supone una forma de entender el universo; en el momento que hace una señal, Long establece un orden diferente al que existía y el hombre se reafirma como persona dentro de ese espacio…El hombre necesita poder hacer eso: la señal que hace determinado lo indeterminado y fija el lugar; la señal que en alguna medida dá libertad porque, a partir de ella, tenemos una referencia…”

manuel gallego. nuevos modos de habitar 1995

perec / lo infraordinario

¿ACERCAMIENTOS A QUÉ?

…La prensa diaria habla de todo menos del día a día. La prensa me aburre, no me enseña nada; lo que cuenta no me concierne, no me interroga y no me responde a las preguntas que formulo o que querría formular. Lo que realmente ocurre, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, como interrogarlo, cómo describirlo? Interrogar a lo habitual. Pero si es justamente a lo que estamos habituados. No lo interrogamos, no nos interroga, no plantea problemas, lo vivimos sin pensar sobre él, como si no vehiculase ni preguntas ni respuestas, como si no fuese portador de información…. Cómo hablar de esas «cosas comunes», más bien cómo acorralarlas, cómo hacerlas salir, arrancarlas del caparazón al que permanecen pegadas, cómo darles un sentido, un idioma: que hablen por fin de lo existe, de lo que somos… De lo que se trata es de interrogar al ladrillo, al cemento, al vidrio, a nuestros modales en la mesa, a nuestros utensilios, a nuestras herramientas, a nuestras agendas, a nuestros ritmos. Interrogar a lo que parecía habernos dejado de sorprender para siempre. Vivimos, por supuesto, respiramos, por supuesto, caminamos, abrimos puertas, bajamos escaleras, nos sentamos a la mesa para comer, nos acostamos en una cama para dormir. ¿Cómo? ¿Dónde’ ¿Cuándo? ¿Por qué? Describan su calle. Describan otra. Comparen. Hagan el inventario de sus bolsillos, de su bolso. Interróguense acerca de la procedencia, el uso y el devenir de cada uno de los objetos que van sacando. Pregúntele a sus cucharillas. ¿Qué hay bajo el papel de su pared? ¿Cuántos gestos hacen falta para marcar un número de teléfono? ¿Por qué? ¿Por qué no se encuentran cigarrillos en las tiendas de alimentación? ¿Por qué no? Me importa poco que estas preguntas sean, aquí, fragmentarias, apenas indicativas de un método, como mucho de un proyecto. Me importa mucho que parezcan triviales e insignificantes: es precisamente lo que las hace tan esenciales o más que muchas otras a través de las cuales tratamos en vano de captar nuestra verdad.
georges perec/
10x10 la gira del caballero, imagen que utilizaba Georges Perec para explicar las habitaciones de un edificio de apartamentos de Paris descrito en su libro “La vida instrcciones de uso”

georges perec/

10x10 la gira del caballero, imagen que utilizaba Georges Perec para explicar las habitaciones de un edificio de apartamentos de Paris descrito en su libro “La vida instrcciones de uso”

adolf loos

UN EPISODIO EN MI VIDA · 1903

Me encuentro en la calle con el famoso decorador moderno X.
_Buenos días, le digo, ayer vi una vivienda decorada por usted.
_¿Ah, sí? ¿Cuál?
_La del Doctor Y.
_¿Cómo? ¿la del Doctor Y? Por amor de Dios, no mire una porquería semejante. La hice hace tres años.
_¡Qué raro! Ve usted, querido colega, siempre he pensado que entre nosotros existía una diferencia fundamental. Ahora veo que sólo se trata de una diferencia de tiempo, que puedo expresar en años. ¡Tres años! Por aquel entonces yo ya afirmé que era una porquería y usted lo hace sólo hoy.
Cuando se vio claro que la designación de homo sapiens no convenía tanto a nuestra especie como se había creído en un principio porque, a fin de cuentas, no somos tan razonables como gustaba de creer el siglo XVIII en su ingenio optimismo, se le adjunto la de homo faber. Pero este hombre es todavía menos adecuado, porque podría aplicarse también a muchos animales el calificativo de faber. Ahora bien, lo que ocurre con el fabricar, sucede con el jugar: muchos animales juegan. Sin embargo, me parece que el nombre de homo ludens, el hombre que juega, expresa una función tan esencial como la de fabricar, y merece, por lo tanto, ocupar su lugar junto al homo faber.Cuando examinamos hasta el fondo, en la medida de lo posible, el contenido de nuestras acciones, puede ocurrírsenos la idea de que todo el hacer del hombre no es más que un jugar.
Johan Huizinga • Homo Ludens · introducción 1938

Cuando se vio claro que la designación de homo sapiens no convenía tanto a nuestra especie como se había creído en un principio porque, a fin de cuentas, no somos tan razonables como gustaba de creer el siglo XVIII en su ingenio optimismo, se le adjunto la de homo faber. Pero este hombre es todavía menos adecuado, porque podría aplicarse también a muchos animales el calificativo de faber. Ahora bien, lo que ocurre con el fabricar, sucede con el jugar: muchos animales juegan. Sin embargo, me parece que el nombre de homo ludens, el hombre que juega, expresa una función tan esencial como la de fabricar, y merece, por lo tanto, ocupar su lugar junto al homo faber.
Cuando examinamos hasta el fondo, en la medida de lo posible, el contenido de nuestras acciones, puede ocurrírsenos la idea de que todo el hacer del hombre no es más que un jugar.

Johan Huizinga • Homo Ludens · introducción 1938

Cuenco CHINO (906-960)
…Hay en Kyoto un famoso restaurante llamado Waranji-ya. En esta casa, hasta hace poco, los reservados no estaban iluminados con luz eléctrica, sino mediante arcaicos candelabros que la habían hecho famosa; en la primavera de este año volví después de una larga ausencia y pude comprobar que también ahí habían hecho su aparición las lámparas eléctricas con forma de linternas portátiles. Pregunté que desde cuándo pasaba eso y me dijeron que desde el año anterior, que muchos clientes encontraban la luz de los candelabros demasiado oscura y que no habían podido hacer otra cosa, pero que a las personas que preferían los objetos antiguos les seguirían llevando candelabros.Precisamente yo había ido ahí para darme ese gusto y por supuesto pedí un candelabro; entonces fue cuando me di cuenta por primera vez de que esa luz incierta era la que de verdad realzaba la belleza de las lacas japonesas. Los reservados del Waranji-ya son unos pequeños y recoletos salones de té con una superficie de cuatro esteras y media, y los pilares del tokonoma (8) y el techo tienen reflejos negruzcos, lo que hace que, incluso con una lámpara eléctrica con forma de linterna, reine una impresión de nocturnidad. Pero cuando sustituyeron la lámpara por un candelabro aún más oscuro y pude observar las bandejas y los cuencos a la luz vacilante de la llama, descubrí en los reflejos de las lacas, profundos y espesos como los de un estanque, un nuevo encanto totalmente diferente. Supe entonces que si nuestros antepasados habían encontrado ese barniz llamado “laca” y se habían dejado hechizar por los colores y el lustre de los utensilios lacados no era en absoluto por azar.…8 Literalmente “habitación del lecho, alcoba”. Hueco practicado generalmente en la pared de la habitación principal, perpendicular al jardín y que desempeña un papel capital en la decoración de la casa japonesa tradicional. Ahí es donde se cuelga un cuadro escogido en función de la estación y se coloca algún objeto
Extracto del libro de Tanizaki “El elogio de la sombra”

Cuenco CHINO (906-960)


Hay en Kyoto un famoso restaurante llamado Waranji-ya. En esta casa, hasta hace poco, los reservados no estaban iluminados con luz eléctrica, sino mediante arcaicos candelabros que la habían hecho famosa; en la primavera de este año volví después de una larga ausencia y pude comprobar que también ahí habían hecho su aparición las lámparas eléctricas con forma de linternas portátiles. Pregunté que desde cuándo pasaba eso y me dijeron que desde el año anterior, que muchos clientes encontraban la luz de los candelabros demasiado oscura y que no habían podido hacer otra cosa, pero que a las personas que preferían los objetos antiguos les seguirían llevando candelabros.

Precisamente yo había ido ahí para darme ese gusto y por supuesto pedí un candelabro; entonces fue cuando me di cuenta por primera vez de que esa luz incierta era la que de verdad realzaba la belleza de las lacas japonesas. Los reservados del Waranji-ya son unos pequeños y recoletos salones de té con una superficie de cuatro esteras y media, y los pilares del tokonoma (8) y el techo tienen reflejos negruzcos, lo que hace que, incluso con una lámpara eléctrica con forma de linterna, reine una impresión de nocturnidad. Pero cuando sustituyeron la lámpara por un candelabro aún más oscuro y pude observar las bandejas y los cuencos a la luz vacilante de la llama, descubrí en los reflejos de las lacas, profundos y espesos como los de un estanque, un nuevo encanto totalmente diferente. Supe entonces que si nuestros antepasados habían encontrado ese barniz llamado “laca” y se habían dejado hechizar por los colores y el lustre de los utensilios lacados no era en absoluto por azar.


8 Literalmente “habitación del lecho, alcoba”. Hueco practicado generalmente en la pared de la habitación principal, perpendicular al jardín y que desempeña un papel capital en la decoración de la casa japonesa tradicional. Ahí es donde se cuelga un cuadro escogido en función de la estación y se coloca algún objeto

Extracto del libro de Tanizaki “El elogio de la sombra”

extravíos regalo/ francisco calvo serraller

Publicado originalmente en 1925, Ensayo sobre el don. Forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas(Katz), de Marcel Mauss (1872-1950), ahora afortunadamente de nuevo disponible en castellano, necesitó un cuarto de siglo para despertar la atención crítica internacional gracias a la apología que le dedicó Claude Lévi-Strauss. Entremedias, es cierto que, en 1933, el tampoco entonces demasiado conocido y apreciado Georges Bataille usó a su propia manera el concepto de “don” de Mauss, como lo señala Fernando Giobellina, responsable de la edición en nuestra lengua que ahora comentamos, pero ha sido, en efecto, durante la segunda mitad del siglo XX cuando el pensamiento de este gran antropólogo francés alcanzó la proyección que merecía. Mediante una simplificación extrema, podemos sintetizar el concepto de “don”, según Mauss, como el “sistema de prestaciones sociales” que articula la comunidad humana en su fase inicial, por el cual alguien -un clan, fratría o tribu- entrega a otro lo mejor que tiene en la confianza de que le será devuelto con creces. En el actual sistema de regalos y en algunas de nuestras celebraciones dispendiosas, en las que “se tira la casa por la ventana”, resuena todavía algún eco de esta costumbre arcaica fundacional, cada vez más arrinconada por un mundo dominado por el intercambio de tasadas mercancías, donde a casi nadie se le ocurre mover un dedo sin mediar un interés.

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